Sentada junto a la ventanilla como siempre, leo, y veo a mi alrededor cuando el libro toca un punto poco interesante. Una chica sube alegre, resplandeciente. Se saca un auricular, saluda al conductor y paga el boleto. La miré porque pocas veces puedo presenciar la felicidad total en una persona. Se encaminó hacia un asiento, cantando una canción pop. Se sacó su campera de cuero, dejando al descubierto unos tribales en sus hombros, mientras se colocaba los auriculares nuevamente. Seguía cantando en voz alta, sin importarle las miradas entre curiosas y extrañadas de los demás pasajeros.
Un chico se subió en la parada siguiente. Él ya no tenía aquel aura brillante, pero vestía una sonrisa franca y amable. Como no quedaba otro lugar disponible, se sentó junto a la chica, sin deparar demasiado en ella. Creo firmemente en que sintió aquella corriente que llegaba hasta donde yo me encontraba. No importaba qué estuvieses haciendo, pensando o leyendo, aquella chica parecía un imán. Los ojos de todos se posaban en ella. Su energía se sentía en al aire.
El chico se vio arrastrado por dicha corriente. Giró su vista hasta la chica, y la quedó viendo sorprendido. Ella seguía cantando, pero se detuvo cuando se dio cuenta que le hablaban. Sonriente, puso pausa a la canción. "¿Si?" dijo, mostrando sus dientes. El chico la miró, reflejando su sonrisa. "¿Nosotros nos conocemos?" le preguntó. Ella lo miró divertida y yo lo hice también. Estaba presenciando mi próxima historia, pensé, tomando notas mentales. "Creo que no" le respondió la chica y él se mostró un poco decepcionado. "Pero sí, ¿No te acordás de mi? trabajábamos juntos" insistió. Ella lo miró con más atención y sus finas cejas se curvaron con sorpresa "¿Sos el de la oficina?" y achinó sus ojos, como para asegurarse. "¡Si!" contestó él, no cabiendo dentro de sí.
Y era mi turno de bajar.
Les dí una última mirada desde la calle. Continuaron hablando animados.
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