La lluvia y el viento azotaban su ventana como un látigo, formando una pequeña catarata en el vidrio. No se veía absolutamente nada a través de el. Pero a pesar de aquel malhumorado clima, ella estaba feliz. Bueno, feliz en la medida en que su cabeza se lo permitía. Físicamente se encontraba de maravillas, pero emocionalmente estaba hecha un desastre.
Creía firmemente que cada lluvia se llevaba con ella una parte de su tristeza. Al otro día, cuando el sol se asomaba detrás de todas aquellas nubes oscuras y enojadas, se sentía un poco mejor. Solo un poco.
domingo, 2 de noviembre de 2014
domingo, 13 de julio de 2014
Noche de música.
Me encanta probar cosas nuevas. Me encanta conocer gente nueva. Me encanta conocer lugares nuevos. Y a vos te digo gracias por haberme mostrado a Tomás Ferrero.
Y a vos, lindura cordobesa, gracias por hacerme volar una hora y algo.
jueves, 19 de junio de 2014
¿No hay vuelta atrás?
Sola era la palabra que utilizaría
para definirse en ese mismo momento. Volvía a sentirse de ese modo, otra vez.
Parecía que lo suyo con él, solo era posible durante el invierno. Durante el
frío. El frío los unía y los separaba a su antojo. Tenía poder sobre ellos,
sobre sus decisiones. No se conocían sin abrigos, sin las narices frías. Pero
eso les daba igual a la hora de caminar. No existía frío que los parase cuando
estaban juntos. Podía caminar o quedarse parados en algún lugar sin molestar, y
ellos eran felices. Con su hora, les bastaba. Les alcanzaba para verse sonreír,
para besarse sin importar quién los mirase.
Sus alientos eran cálidos, al igual que sus
sentimientos el último día que se vieron. Pero no bastó para seguir. A pesar de
eso, ella lo recuerda con una triste sonrisa. ¿Cómo no hacerlo, si era de quién
estaba enamorada? No importaban las razones más que válidas de su separación.
Lo amaba. Y recordaría siempre la manera en que él la iluminaba en esas noches.
La forma en que mordía sus labios después de cada beso, ansiando más. Siempre
resonaría en su cabeza el modo en que la tomaba de la cintura, la abrazaba y la
alzaba en el aire, haciendo volar no solo su cuerpo, sino también su corazón.
No olvidaría lo que le enseñó, cada canción que hicieron y cantaron. Cada
vuelta que le dio. Cada risa que le robó. No olvidaría nunca cuando lentamente,
unían sus manos dentro de los bolsillos de sus abrigos, o mientras lo besaba.
Simplemente no podía, no era capaz. Se metió debajo de su piel, muy despacio,
sin que ella lo notara. Y después de mucho, reclamó su atención como un cartel
de neón diciendo “Miráme”.
Una lágrima recorrió su mejilla y con el dorso
de la mano se la enjuagó, prohibiéndose llorar. Había llorado demasiado ya, y
no quería hacerlo más. Era su culpa lo que estaba pasando, y las lágrimas no
resolvían nada.
Ojala el pudiese leer esto, y ver lo mucho que
lo ama, pensó ella. Lo mucho que lo cuidaría sin decidiese regresar. Que no se
arrepentiría jamás. Lo enamoraría nuevamente, exactamente no sabía cómo, pero
lo haría. Haría que la siguiese con los ojos cerrados, como ella podía hacer
con él. Tenía que confiar en ella y en el amor que sentía por él. Ese amor y
esa decisión que apareció muy tarde.
Las lágrimas ganaron, y sus ojos pronto se
vieron anegados, borrando así la visión de ellos al despedirse que estaba
teniendo; sus manos recorriendo su cara, el último beso, la última caricia y aquel último “Te amo”
cargado de sentimientos.
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