jueves, 19 de junio de 2014

¿No hay vuelta atrás?

 Sola era la palabra que utilizaría para definirse en ese mismo momento. Volvía a sentirse de ese modo, otra vez. Parecía que lo suyo con él, solo era posible durante el invierno. Durante el frío. El frío los unía y los separaba a su antojo. Tenía poder sobre ellos, sobre sus decisiones. No se conocían sin abrigos, sin las narices frías. Pero eso les daba igual a la hora de caminar. No existía frío que los parase cuando estaban juntos. Podía caminar o quedarse parados en algún lugar sin molestar, y ellos eran felices. Con su hora, les bastaba. Les alcanzaba para verse sonreír, para besarse sin importar quién los mirase.
 Sus alientos eran cálidos, al igual que sus sentimientos el último día que se vieron. Pero no bastó para seguir. A pesar de eso, ella lo recuerda con una triste sonrisa. ¿Cómo no hacerlo, si era de quién estaba enamorada? No importaban las razones más que válidas de su separación. Lo amaba. Y recordaría siempre la manera en que él la iluminaba en esas noches. La forma en que mordía sus labios después de cada beso, ansiando más. Siempre resonaría en su cabeza el modo en que la tomaba de la cintura, la abrazaba y la alzaba en el aire, haciendo volar no solo su cuerpo, sino también su corazón. No olvidaría lo que le enseñó, cada canción que hicieron y cantaron. Cada vuelta que le dio. Cada risa que le robó. No olvidaría nunca cuando lentamente, unían sus manos dentro de los bolsillos de sus abrigos, o mientras lo besaba. Simplemente no podía, no era capaz. Se metió debajo de su piel, muy despacio, sin que ella lo notara. Y después de mucho, reclamó su atención como un cartel de neón diciendo “Miráme”.
 Una lágrima recorrió su mejilla y con el dorso de la mano se la enjuagó, prohibiéndose llorar. Había llorado demasiado ya, y no quería hacerlo más. Era su culpa lo que estaba pasando, y las lágrimas no resolvían nada.
 Ojala el pudiese leer esto, y ver lo mucho que lo ama, pensó ella. Lo mucho que lo cuidaría sin decidiese regresar. Que no se arrepentiría jamás. Lo enamoraría nuevamente, exactamente no sabía cómo, pero lo haría. Haría que la siguiese con los ojos cerrados, como ella podía hacer con él. Tenía que confiar en ella y en el amor que sentía por él. Ese amor y esa decisión que apareció muy tarde.

 Las lágrimas ganaron, y sus ojos pronto se vieron anegados, borrando así la visión de ellos al despedirse que estaba teniendo; sus manos recorriendo su cara, el último beso, la última caricia y aquel último “Te amo” cargado de sentimientos.

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